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Un estudio intelectual de la Gnosis comienza inevitablemente por
la denominada «Gnosis clásica» de los primeros
siglos de la era cristiana:
«Porque, si hay una Gnosis clásica, esta es, decididamente,
la del siglo de los Antoninos y de la ancha paz romana. Los gnósticos
por antonomasia seguirán siendo los Basílides, los
Valentines, los Ptolomeos…; todos los demás serán
gnósticos por referencia a la prodigiosa especulación
filosófica y teológica de aquellos grandes maestros.”
Biblioteca Clásica Gredos
Y sólo cuando penetramos en el verdadero significado oculto
de la palabra griega Gnosis es que comprendemos que sus principios
no pertenecen a «alguna exclusiva latitud espiritual»,
que revestida esta con muchas otras formas culturales siempre estuvo
presente a lo largo de toda la historia de la humanidad. De allí
esta definición contemporánea que no sólo la
presenta como un «conocimiento de los misterios divinos»,
sino además como «un funcionalismo muy natural de la
conciencia, una Philosophia perennis et universalis».
«Si es bien cierto que debemos tener en cuenta en cualquier
sistema gnóstico sus elementos helenísticos orientales,
incluyendo Persia, Mesopotamia, Siria, India, Palestina, Egipto,
etc., nunca deberíamos ignorar a los principios gnósticos
perceptibles en los sublimes cultos religiosos de los nahuas, toltecas,
aztecas, zapotecas, mayas, chibchas, incas, quechuas, etc., etc.,
etc., de indoamérica».
Samael Aun Weor
Comprendida la Gnosis como una función natural de
una conciencia despierta, entonces se explican y definen mejor los
términos derivados con los cuales se suele siempre esta acompañar,
gnóstico y Gnosticismo:
«El gnóstico auténtico quiere un cambio
definitivo, siente íntimamente los secretos impulsos del
Ser y de aquí su angustia, rechazo y embarazo, ante los diversos
elementos inhumanos que constituyen el Yo».
«La palabra Gnosticismo encierra dentro de su estructura gramatical
la idea de sistemas o corrientes dedicadas al estudio de la Gnosis».
Samael Aun Weor
Y de igual modo que el gnosticismo del siglo II afirmaba que «hay
en el hombre una centella divina procedente del mundo superior,
caída en este mundo sometido al destino, al nacimiento, y
a la muerte; esta centella debe ser despertada por la contraparte
divina para ser, finalmente, reintegrada a su origen», lo
mismo sostiene este gnosticismo contemporáneo.
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